Donde las canciones son sagradas

Bajar

En el legendario Bluebird Café de Nashville, los compositores son siempre las estrellas del espectáculo.

Nashville, la Ciudad de la Música, se reconoce como la capital mundial del country. Y, teniendo en cuenta ese estatus, podría parecer extraño que la meca de los compositores del género sea un pequeño local rodeado de tiendecitas en una anodina zona comercial del extrarradio.

Nos referimos al mítico Bluebird Café, fundado en 1982 y situado todavía en su localización original en Green Hills, más de 15 kilómetros al sur del emblemático Ryman Auditorium y del fulgor de los neones y el trajín turístico de los garitos de la parte baja de Broadway, en el centro de Nashville.

«Se dice que los artistas de country acuden al Ryman y los compositores vienen al Bluebird», dice Erika Wollam Nichols, gerente y directora de operaciones del Bluebird Café. Erika empezó a trabajar de camarera en el Bluebird cuando estudiaba en la universidad. Corría el año 1984 y ya hacía dos que Amy Kurland, su fundadora, había abierto el local como restaurante gourmet que servía almuerzos y cenas. Erika vivió la transición que convirtió a este establecimiento que de vez en cuando ofrecía actuaciones musicales en un auténtico santuario para compositores y seguidores del country.

«El novio de Amy era guitarrista», recuerda Erika. «Le preguntó si le parecería bien instalar un pequeño escenario para traer a sus amigos a tocar. Y así empezó lo de la música. Cuando yo entré en el restaurante, aquí venían bandas, no compositores».

Sin embargo, las reducidas dimensiones del local no eran adecuadas para grupos «ruidosos». Una noche, la persona encargada de la programación organizó una rueda de guitarras para cantautores, y el resto es historia.

«Cuando Amy llegó, el público estaba totalmente volcado con las canciones», evoca Erika. «También vio que la caja registradora tintineaba más que nunca. Y pensó: “hum, igual no estaría mal estudiar esto de los cantautores…”».

En muchos sentidos, el interiorismo entrañable y acogedor del Bluebird (sillas de madera desgastadas, manteles de hule, alfombras ajadas, techo de paneles abatibles y retratos firmados por artistas que habían pasado por allí) le daba un encanto retro que remarcaba la falta de interés de sus responsables por seguir a toda costa las últimas modas y tendencias. Con un aforo que no llega a las 90 localidades, el Bluebird se ha mantenido fiel a su misión de honrar el arte de la composición de canciones de country ofreciendo a los autores un ambiente íntimo en el que puedan mostrar su material original y conectar con los oyentes. De hecho, muchos artistas actúan en el centro de la sala a nivel de suelo, y lo bastante cerca del público como para poder dejar su copa en la mesa de un parroquiano.

«Yo he visto cómo Vince Gill le pasaba su guitarra a los de la mesa de al lado», asegura Erika.

Si quieres empaparte de la fascinante historia del Bluebird y su importante contribución a la comunidad de compositores de Nashville, no te pierdas el excelente documental del 2019 Bluebird: An Accidental Landmark That Changed Music HistoryBluebird: un hito accidental que cambió la historia de la música»). La película sigue la evolución del local hasta convertirse en un espacio de presentación de cantautores que ayudó a impulsar las carreras de innumerables compositores y artistas como Kathy Mattea, Garth Brooks, Faith Hill, Keith Urban o Taylor Swift, entre otros. Está salpicada de testimonios de intérpretes, miembros del personal del Bluebird y autores de grandes éxitos que explican cómo el antiguo restaurante llegó a consolidarse como un nódulo esencial en el ecosistema musical de Nashville.

Mira el tráiler del documental Bluebird

Taylor y el apoyo a los compositores emergentes

Hace unos años, Taylor Guitars tuvo la oportunidad de iniciar una relación de colaboración con el Bluebird. El local es muy selectivo con sus asociaciones, pero Erika y Tim Godwin, director de relaciones con artistas y con el sector del entretenimiento de Taylor, vieron claro que ambas instituciones compartían la misma pasión por la promoción de nuevos compositores.

En palabras de Erika, «al valorar nuestra posible vinculación con Taylor, pensamos: ¿qué podemos hacer juntos para cumplir al mismo tiempo con el objetivo de Taylor de ofrecer oportunidades de interpretación a músicos y compositores y con nuestro compromiso de contribuir al desarrollo artístico de esta comunidad?».

Godwin, que había sido músico profesional y siente devoción por la creación de canciones, afirma que los espectáculos que ha visto en el Bluebird en todos estos años le han hecho enamorarse del entorno tan estimulante que el local ha sabido cultivar.

«Lo que me encanta de las actuaciones en el Bluebird es que las letras cobran vida de una manera muy especial», recalca. «En un disco se escuchan todos los detalles de la producción, pero aquí solo hay una guitarra y una letra, y sientes que verdaderamente te sumerges en la canción. Es una gran experiencia tanto para los artistas como para el público».

«Los compositores son nuestra mayor riqueza, y a nosotros nos toca asegurarnos de que la gente se dé cuenta de ello».

Nuestra aventura en común arrancó oficialmente en el 2020 en forma del Bluebird Golden Pick Contest (concurso «Púa de Oro»), que premia a los compositores con un codiciado espacio en el cartel de la Monday Open Mic Night del Bluebird (la noche de micro abierto de los lunes). El concurso admite a participantes de cualquier procedencia, que solo tienen que publicar en Instagram un vídeo en el que canten un tema original para optar a tocar dos canciones en el local. Cada mes, un jurado designado por el Bluebird elige a un ganador que también recibe una guitarra Taylor American Dream y una filmación profesional de la interpretación del tema escogido en la sala de demostración que Taylor tiene en los Soundcheck Studios de Nashville. (Encontrarás más información sobre el concurso  aquí.)

Este año se celebra la cuarta edición del evento. Para inaugurar la nueva temporada, varios miembros del equipo de relaciones con artistas de Taylor (entre ellos el propio Godwin, el productor de vídeo Gabriel O’Brien y la responsable de relaciones con la comunidad Lindsay Love-Bivens) viajaron a Nashville para conversar sobre la historia del Bluebird con Erika y otros cómplices del local. También charlaron con dos veteranos de las veladas del Bluebird que han sido maestros de ceremonias de las famosas sesiones In the Round del club: el cantautor Dave Barnes y Marshall Altman, compositor, productor discográfico y ejecutivo de A&R (siglas de «artistas y repertorio») establecido en Nashville.

Por caprichos del azar, se dio la afortunada circunstancia de que Kat & Alex, un prometedor dúo de música country con el que Taylor había estado trabajando, acababan de actuar en la noche de micro abierto del Bluebird por primera vez. Por lo tanto, Tim también tuvo la ocasión de recabar sus impresiones sobre la experiencia cuando aún la tenían a flor de piel.

El Bluebird forja su identidad

Para dar un poco de contexto, vale la pena señalar que, históricamente (y aún hoy en gran medida), muchas estrellas de la música country no escriben todas sus canciones. Por lo tanto, los compositores son un eslabón creativo crucial en la industria de Nashville. Sin embargo, los autores no suelen acaparar tantos focos como los artistas que graban sus temas, así que raramente se les conoce fuera del sector. Y, hasta hace no tanto tiempo, no había muchos lugares en los que los creadores de canciones tuvieran la oportunidad de presentar su material en directo.

Cuando en los años 80 el Bluebird empezó a abrir sus puertas a los compositores como «espacio de escucha», rápidamente se consagró como un importante núcleo de descubrimiento de nuevos temas y talentos autorales en la ciudad.

Erika explica la historia del Bluebird Café

«Los intérpretes y los responsables de A&R venían a escuchar canciones, y los artistas podían empezar a construir su carrera», comenta Erika. «Kathy Mattea tocaba aquí regularmente y consiguió un contrato discográfico. Cuando los cantautores empezaron a sentir que el Bluebird era su casa, Amy inició las audiciones y las sesiones de micro abierto. Con ello, no solo atraía la atención hacia los compositores que ya tenían éxitos en las listas, sino que también le daba prestigio al propio arte de escribir canciones».

Igual que los cómicos novatos perfeccionaban su oficio interpretando nuevos monólogos ante un público, a los compositores se les ofreció una plataforma para tocar versiones de sus canciones en directo.

«Si has estado en esta sala, sabes que enseguida se detecta si una canción es buena o no tanto, porque tienes al público cara a cara y ves cómo responde a la música», argumenta Erika. «Por lo tanto, el Bluebird era (y sigue siendo) como un laboratorio en el que los autores pueden hacer pruebas con material nuevo».

Y, en algunos casos, ese material puede ser tan nuevo como una canción escrita el mismo día o incluso una pieza todavía incompleta.

En círculo

La modalidad de espectáculo más representativa del Bluebird son las actuaciones llamadas «In the Round». En ellas, los cantautores no suben al escenario, sino que se sientan juntos en el centro de la sala rodeados en círculo por el público. Por turnos, van tocando sus canciones y explicando las historias que hay detrás de ellas. Y, aunque el local ya es pequeño de por sí, esta disposición genera un intercambio aún más íntimo entre intérpretes y oyentes.

Este formato se estrenó en 1985, cuando varios compositores experimentados y habituales del escenario del Bluebird observaron que, a veces, el público hablaba durante las canciones. Este grupo de amigos músicos estaba formado por Don Schlitz («The Gambler»), Thom Schuyler («Love Will Turn You Around»), Fred Knobloch («A Lover Is Forever») y Paul Overstreet («When You Say Nothing At All»). Una noche, con la idea de captar toda la atención del respetable, Schlitz y Schuyler decidieron colocarse en medio de la sala. La idea no solo funcionó, sino que creó una experiencia inmersiva única tanto para los artistas como para los asistentes.

«Esta filosofía encaja muy bien con el carácter del local», observa Erika. «Parece que estés en el salón de una casa particular. Todo el mundo se siente implicado, e incluso si estás en la mesa más alejada, la distancia solo es de 6 o 7 metros y no pierdes la sensación de que formas parte de lo que está pasando. Creo que es una oportunidad perfecta para sentir que estás viviendo de cerca lo que se mueve en la industria de la música en Nashville».

Con los años, el Bluebird ha ido proponiendo diferentes tipos de presentaciones para apoyar y promover a los artistas en diversos niveles de su desarrollo. Cualquier intérprete puede apuntarse a las noches de micro abierto del lunes. También se organizan audiciones cuatro veces al año para seleccionar a los músicos que tocarán en la Writers Night, la velada de compositores de los domingos por la noche (en ella, seis autores suben al escenario para tocar tres canciones cada uno y trabajar su material). Y, si después de actuar en cuatro de estos domingos causan una impresión favorable, optan a participar en una sesión In the Round con otros dos o tres artistas.

«Puede ocurrir que una actuación en círculo de varios autores maravillosos sea un fiasco absoluto si no se conocen entre ellos».

Erika Wollam-Nichols

Erika defiende que el diseño de un cartel atractivo para estas actuaciones en círculo es una forma de arte en sí misma.

«La programación no se hace al azar; buscamos que haya una sinergia y una intención», aduce.

El intérprete principal elige a los otros compositores que tocarán con él, lo cual garantiza que habrá química entre ellos. Y eso marca una gran diferencia.

«Puede ocurrir que una actuación de varios autores maravillosos sea un fiasco absoluto si no se conocen», advierte Erika. «Se quedan sin más ahí sentados escuchando a los demás. Pero, si se juntan cuatro artistas que han colaborado para escribir canciones, llevan a sus hijos a la misma escuela, han publicado con la misma editora y han recorrido el mismo camino… ahí surge una chispa que no prende de ninguna otra forma. Sus historias se amplifican por las conexiones que les unen. Y eso es lo que siente el público que viene a verles actuar».

Marshall Altman entra en escena

Desde la perspectiva del cantautor, tocar en el Bluebird puede ser tan inspirador como intimidante, sobre todo la primera vez. Así lo considera Marshall Altman, compositor (Frankie Ballard, Eric Paslay, Cheryl Cole), productor (Marc Broussard, Walker Hayes, Matt Nathanson) y ejecutivo de A&R (Katy Perry, One Republic, Citizen Cope).

Aunque ya tenía experiencia como músico de directo, Altman reconoce que la noche en que se estrenó en una sesión en círculo estaba de los nervios, en parte porque su intervención no estaba prevista.

«Mi amigo Rob Hatch, también compositor, se iba a casar ese fin de semana y se había organizado una velada In the Round en su honor», rememora Altman. «Creo que los artistas programados eran Rob, Dallas Davidson, D. Walt Vincent y Lance Carpenter, cuatro auténticos fenómenos. Pero Rob había celebrado su despedida de soltero la noche anterior y aún se encontraba algo… indispuesto. Yo estaba sentado en una mesa con Lela, mi mujer, escuchando temazo tras temazo.

«Dallas Davidson tocó “Rain Is a Good Thing”, un gran éxito de Luke Bryan que me encanta. D. cantó “I’m Moving On” (Rascal Flatts), otra de mis canciones country favoritas de toda la vida. Entonces, Rob me mira y musita: “voy a vomitar. Tienes que salir a tocar”. Yo nunca había actuado en el Bluebird; es más, hasta aquel momento solo había escrito una canción de country porque me dedicaba principalmente al pop y el rock. Bien, Rob se levanta para ir al baño y dice: “Marshall me sustituirá”, y yo voy y toco esa canción que había compuesto con un autor de primera llamado Andrew Dorf. Hacía mucho, mucho tiempo que algo no me ponía tan nervioso. Y después de aquello me pasé varios años rechazando tocar aquí».

Desde entonces, Altman ha organizado y dirigido muchas noches In the Round, pero para él cada una de ellas sigue siendo especial.

«Recoger el legado de los músicos que han pasado por el Bluebird antes que yo es algo increíblemente poderoso», dice. «Cada vez que toco aquí, siento la energía de todos esos compositores, los famosos y los desconocidos».

Según él, otra cosa que hace especial al Bluebird es que la mayoría de los temas que se presentan todavía no se han grabado ni han llegado al público.

«Cuando tocas canciones tuyas que estuvieron cerca de entrar en un disco de un artista pero acabaron quedándose por el camino, el dolor que hayas podido sentir por ese pequeño fracaso desaparece de un plumazo», aprecia Altman. «La generosidad, el respeto y el amor que el público que te rodea siente por el oficio de compositor es algo muy hermoso. Estaré eternamente agradecido a esta sala, a la gente que la lleva y a Erika. Es un oasis en el que podemos compartir todo lo que hacemos durante nuestra vida creativa».

Dave Barnes

Para el cantautor Dave Barnes, que se trasladó a Nashville en el 2001 y también ha programado y tomado parte en muchas veladas en círculo, llegar al Bluebird continúa siendo como entrar en territorio místico.

«Cuando me acerco por la parte de atrás vengo muy relajado», manifiesta. «Pero, hace diez minutos, en el momento en el que entraba por la puerta, he vuelto a sentir ese pequeño escalofrío, y no lo digo de broma. Es como un lugar encantado que invoca la magia que tiene Nashville y la irradia a todo el que pasa por aquí, tanto artistas como público.

» Creo que el Bluebird es parte de la salsa especial de esta ciudad; esto no pasa en ninguna otra parte del mundo. Y estoy muy orgulloso de formar parte de ello, ya sea tocando o contándole a la gente lo que sucede en este local, porque es un componente imprescindible del ecosistema de Nashville».

«Somos como un susurro, no un vozarrón, y tampoco tenemos por qué serlo».

Erika Wollam-Nichols

Rostros entre la multitud

Otro punto diferencial del Bluebird es que nunca se sabe quién puede estar sentado entre el público y, de repente, salir a tocar. Podría ser un compositor que en su momento escribió una canción de éxito y que, al interpretarla en su versión acústica original, magnifica su música y letra de una manera totalmente distinta al tema grabado que todos conocen, y revela su esencia lírica con una resonancia mucho más personal y emocional.

O quizá actúe por sorpresa un artista conocido como Ed Sheeran o Taylor Swift, o incluso alguien que miraba el espectáculo tranquilamente desde un rincón. Por ejemplo, eso es lo que ocurrió la noche en que Dave Barnes estaba en el escenario, vio entre el público a la leyenda del fingerstyle Tommy Emmanuel y le invitó a participar.

«Dije: “no sé si lo sabéis, pero ese de ahí es Tommy Emmanuel, uno de los mejores guitarristas del mundo”», relata Barnes. «Y, después de que él saliera a tocar, pensé: “la sesión debería acabar aquí, porque cualquiera que ahora se ponga a rasguear progresiones de Sol-Do-Re va a parecer aburridísimo”», dice riendo.

Una oportunidad de oro

Liana Alpino, responsable de la marca y el área de mercado del Bluebird, interviene en muchos de los aspectos operativos del local. Sus funciones van desde el marketing hasta las redes sociales, la supervisión de la página web y la coordinación de relaciones y asociaciones. Y es una figura clave en la logística detrás del Golden Pick Contest organizado por el Bluebird y Taylor desde hace unos años. Para Liana, el gran atractivo del concurso radica en que permite a los compositores emergentes ganarse un espacio de presentación muy preciado y conocer a otros artistas.

Erika y Liana Alpino comentan la asociación del Bluebird con Taylor y hablan sobre el concurso «Púa de Oro»

«Hemos tenido vencedores de todo el país e incluso uno del Reino Unido», subraya. «Nos encanta ver el talento que hay fuera de Nashville. Yo tengo la gran suerte de poder conocer a todos esos ganadores cuando vienen a actuar, y siempre remarcan lo mucho que este concurso significa para ellos. De hecho, no son pocos los que afirman que les da una razón para componer día a día. Hay un montón de participantes que no son compositores profesionales ni artistas a jornada completa. Tienen una vida cotidiana como la de cualquiera y eso puede ponérselo difícil para explotar la creatividad, pero el concurso les aporta una motivación para continuar escribiendo canciones todos los meses».

Kat & Alex

Kat & Alex son un dúo de marido y mujer que colorea su sonido country con unas ricas armonías vocales y un inconfundible toque latino entretejido a veces con letras en inglés y español. Ambos son de Miami, y allí se conocieron. Kat es estadounidense de primera generación con familia cubana, y Alex tiene ascendencia puertorriqueña. Su amor compartido por el country y la música latina es la base de su identidad artística. Y, desde que se mudaron a Nashville para impulsar su carrera, se han centrado en la composición y grabación de canciones originales teñidas de una mezcla de sus diversas influencias.

Se dio la feliz coincidencia de que Taylor ya había organizado con ellos la filmación de un vídeo para nuestra serie Soundcheck la misma semana en que nuestro equipo visitó el Bluebird. Por lo tanto, Tim Godwin tuvo la ocasión de asistir a su debut en el local y encontrarse con ellos el día después. Los dos artistas todavía vibraban con la emoción de ese momento inolvidable.

«Nunca había llorado tanto en una ronda de cantautores», dice Kat.

«La gente te rodea tan de cerca…», añade Alex. «Se trata de un momento muy íntimo en el que realmente estás abriendo la puerta para que la gente entre en tu carrera y en tu vida, y compartir algo así es único. Es un lugar sagrado que yo me atrevo a comparar con el Grand Ole Opry».

En su actuación, tocaron varias canciones nuevas por primera vez ante un público.

Kat & Alex interpretan su tema «I Want It All»

«Canté una que escribí para Kat y se la dediqué», dice Alex. «Ella también interpretó un tema nuestro que dedicamos a sus padres, y nos arrancamos con otro titulado “Cowboys Need Sunsets”, que todavía no hemos grabado. Fue una noche muy especial en la que expusimos cosas muy personales que aún no habíamos publicado, ni siquiera en las redes sociales».

«Vi a personas que lloraban conmigo», se emociona Kat. «Alguien me pasó una servilleta. Me dije: “vale, ellos también lo sienten, lo están entendiendo”. Y, si eso pasó, es que hicimos bien nuestro trabajo».

Los compositores del futuro

Aunque el Bluebird ya es desde hace tiempo un lugar de peregrinación venerado por la comunidad musical de Nashville, la visión a largo plazo de Amy Kurland también abarcaba la continuidad de su espíritu cuando dejase se retirase. Así que, cuando se retiró en el 2008, vendió el Bluebird a la Nashville Songwriters Association International (NSAI), la organización de compositores sin ánimo de lucro más grande del mundo. La misión de la NSAI es «educar, promover y homenajear a los compositores, y actuar como fuerza unificadora dentro de la comunidad musical y de la sociedad en general». Y, para Kurland, estos principios hacían de la NSAI el custodio ideal de los valores del Bluebird.

La fundadora también tenía en mente a la persona perfecta para tomar las riendas: Erika. Ya desligada oficialmente del Bluebird, llevaba tres años trabajando en la NSAI en el cargo de directora de desarrollo, y tras la llamada de Amy volvió al redil como gerente y directora de operaciones del local.

El Bluebird salta al estrellato televisivo

En el 2011, Erika recibió una propuesta relacionada con el proyecto de una serie de televisión ambientada en Nashville y basada en las historias de varias estrellas del country ficticias. El equipo creativo quería que las localizaciones en Nashville fueran lo más auténticas posible, así que sugirió rodar en el Bluebird varias escenas del episodio piloto. Erika estuvo de acuerdo, y la serie Nashville acabó en manos de la cadena ABC. Se mantuvo durante seis temporadas desde el 2012 hasta el 2018, primero en la ABC y luego en la CMT.

Como escenario recurrente a lo largo de la serie, la productora (Lionsgate) construyó una réplica exacta del interior y el exterior del Bluebird en sus estudios. El decorado se diseñó con absoluta minuciosidad para maximizar el realismo, y los escenógrafos llegaron hasta el punto de llevarse prestadas todas las fotos de artistas de las paredes del Bluebird, escanearlas y colgarlas en el set de rodaje exactamente en las mismas posiciones.

Nashville no solo convirtió al Bluebird en una marca reconocida a nivel mundial y una visita obligada para los seguidores de la serie, sino que también generó un aumento de la afluencia turística tan abrumador que el pequeño local las pasó moradas para seguir el ritmo.

«Lo más interesante fue la respuesta de la gente a la fama del Bluebird Café», opina Erika. «No sabían que aquí había música, que programábamos dos sesiones por noche. Les daba igual. Lo único que querían era hacerse una foto o, como mínimo, sentir que su cuerpo físico estaba en este lugar. Si ves el documental, te darás cuenta de lo alucinante que fue todo aquello».

Como efecto positivo, Erika destaca que esa notoriedad supuso una plataforma más visible para mostrar por qué los autores son tan importantes en Nashville.

«Los compositores son nuestra mayor riqueza, y a nosotros nos toca asegurarnos de que la gente se dé cuenta de ello», sostiene. «Así que todo esto nos dio una oportunidad para proclamar que somos una sala de música, que promocionamos la creación original y que estamos con los autores de canciones, y esa parte funcionó muy bien. Pero, con todo, aún tenemos solo 86 localidades».

El éxito de la serie también alimentó el interés por producir un documental sobre el Bluebird y su larga historia, algo que Erika ya llevaba un tiempo persiguiendo. Habló con los cineastas Brian Losciavo y Jeff Molano, que habían trabajado en Nashville y se subieron al barco de este nuevo proyecto.

Y a Erika le encantó el resultado, Bluebird.

«No podía haber quedado mejor», declara. «La filmación de las actuaciones daba risa: el equipo de cámara se metía por debajo de las mesas, pasaba por detrás de los postes y reptaba entre los pies de los asistentes para poder capturar lo que se siente en este espacio, el nivel de cercanía que se crea y la intimidad que se genera entre un oyente, un compositor y una canción».

El Bluebird cumplió 40 años en 2022, pero Erika no pierde el entusiasmo por continuar preservando la esencia y el legado del club en su localización actual, incluso en una época en la que nada parece detener el crecimiento económico y residencial de Nashville y sus suburbios.

«Están construyendo un edificio de 22 plantas aquí al lado, así que esta zona va a volverse supercomercial», vaticina. «En este contexto, al pasear la mirada por nuestra sala podrías decir: “hum, la alfombra está vieja, y esos manteles…”. Pero está cargada de energía, y creo que tiene un poder inspirador que estimula a los músicos a dar lo mejor de sí. También nos identificamos mucho con los artistas con los que trabajamos y con la forma en que nos representamos los unos a los otros. Eso es muy, muy importante para mí, porque somos como un susurro, no un vozarrón, y tampoco tenemos por qué serlo. La cuestión es mantener el foco muy definido en lo que somos y lo que hacemos, y creo que Taylor ha asumido ese mismo compromiso».

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